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La última fecha de la intervención

In Cuentos on 21 junio, 2006 by santoposmoderno

El viernes fue la última vez que visitamos la escuelita Julio Barrenechea E-209. Por obra y gracia del curso de Teoría Conductual habíamos estado asistiendo periódicamente para realizar una intervención. Nuestro objetivo: lograr que los niños sacaran los útiles cuando la profesora se los pedía. Nuestro resultado: nulo. (Que en investigación se escribe: "no es estadísticamente significativo").

Les habíamos prometido a los niños que iríamos a despedirnos. ¿Cómo? Con una convivencia que costearíamos de nuestros propios bolsillos (bolsillos que ya habían sido lentamente desangrados por estos críos). Para ese día les llevamos muchos suflés marca chancho, Líder Cola de todos los sabores y galletas Santiago (entre otros tóxicos envasados).

Todos estaban felices comiendo: unos hacían figuritas con los suflitos atravesados por ramitas; otros tomaban servilletas y hacían paquetes de comida para compartir con la familia a la hora de la once.

En un momento Max, nuestro compañero de grupo, se para al frente y pide silencio. Exclama:

– ¡Niños! Bueno, nosotros queríamos agradecerles por dejarnos estar aquí y compartir con Uds. Estamos súper contentos de haberlos conocido. Uds. son personas súper simpáticas y… eso. Muchas gracias a todos.

Todos aplaudimos. Por cortesía.

Max miró alrededor. Y leí en sus ojos: «¿Alguien quiere decir algo?»

Tomé la palabra:

– Bueno, sí. Yo quiero decir algo. -Carraspeé-. Niños, yo les tengo que decir algo muy importante. Aquí entre todos Uds. hay un niño muy particular. Su nombre es Francisco.

Caminé hacia él mientras lo apuntaba con el dedo.

– ¡Él es un maricón! ¿Escucharon todos? ¡Es un HOMOSEXUAL! ¡Cómo olvidar su amanerada forma de preguntar! «Ay, tía, yo no quiero jugar». ¡Fleto de mierda, weón! ¡Y cuando te picabai! ¡Se notaba tanto tu paranoia emergente!

Los de mi grupo me miraban consternados pero no dijeron nada. Francisco, el acusado, se puso a llorar con ira. Tomó unos suflitos y me los tiró. Después se paró y se vino contra mí. Yo esquivé su penosa embestida y lo tumbé en el suelo.

– Pa’ que aprendas, pendejo desgraciado. Quién es el que tiene el poder, ¿ah? -le decía mientras le pisaba la espalda-. Todavía recuerdo tus pataletas -le dije. Junté un gran escupo y se lo dejé caer lentamente sobre la cara. Mis años de práctica escupiéndole a las hormigas ahora me daba un gratificante resultado.

Alguien me tironeó.

– Ya, nos vamos -dijo alguien de mi grupo. Antes que arreglar las cosas, prefirieron una escapada. De esas bien olímpicas. (Lo encontré una técnica genial).

No alcanzábamos ni a salir cuando uno de los niños se paró. Era Martín, el cojo. Rengueando, rengueando alcanzo a agarrar a la Cata antes de que lograramos escapar. Se aferró a ella con dientes y uñas.

En esa parte yo imagino que ella dice para su adentros algo que suena como: «Damn it!», que en arameo significa: "YHWH te maldiga, maldito leproso". Me llama diciendo:

– Ayúdame con este niño.

Me volteé rápidamente. Sabía que este asunto debía solucionarse al instante o aquella horda de infantes (del francés in-fans, "sin voz") nos comería vivos. De la misma forma en que lo hubiera hecho con Max unas semanas antes.

Mientras se acercaba esta turba sólo atiné a realizar un ataque psicológico, un poco más lento pero mucho más doloroso y efectivo que el ataque físico-energético. Además no deja material que el Instiuto Médico legal pueda constatar.

– ¡Mira tullido! -le grité-. Suelta a la Cata. Sabemos que te aferras a ella, por cómo te trataba. Con su sonrisa y su aceptación, ¡fantaseaste inconscientemente que se trataría de una madre! ¡Una madre a cuyo útero podrías volver para que te reparara tu pierna! Porque aún sientes que tu madre verdadera te echó al mundo incompleto, tullido…

Le tembló la mano un instante y lo aprovechamos de remover con una palita que había por ahí. Lo dejamos dentro de la sala y cerramos la puerta de un portazo. Si la turba chocó o no con la puerta, eso es un gran misterio. Un misterio irresoluble. Porque no volvimos a ese colegio. Ni el viernes próximo ni ninguno.

7 comentarios to “La última fecha de la intervención”

  1. ?…

  2. ;(
    No me gusto tu historia almorcito!!
    Que pena, demás que nosotros tuvimos la fantasía conciente de querer hacer eso mientras estábamos allá, en plena intervención… pero creo q es un pecado ponerla en palabras. Si no es culpa de los niños que los malcríen en su casa viejos de mierda como el que nos retó la otra vez (el que te reto a ti, jaja).
    A pesar de todo recuerdo a los niños con cariño, aunque me dijeron cosas como "ayy la tía es terrile pesá". Todas las heridas que me hicieron las curaron con su cariño al final. Los niños fueron muy intensos… demasiado.
    Otra cosa más: Francisco no es gay!! es solo un niño. Igual que Bob Esponja.
    mhu mhu!
    demás que si leo la entrada un día lejano la encontraré divertida, ahora el suceso está muy reciente.
    Besos almorcito mío de mi corazón!!!
    mhu mhu mhu mhú!!
    Tu Stranger who loves you yeah yeah yeah

  3. ¡Qué vergüenza, Javierín!Qué-ver-güenza.

  4. vamos a hacer una cosa:
    dejemos de pensar en lo terrible y veamos la realidad.
    es como si te pidiera que resolvieras esto: 3·"$·$$%""%·$%"$&·/$(.
    Nada que decir.

  5. P’ta siempre has sido así, excluyente en mala con gente que no te ha hecho nada, y que se le suele discriminar, llámese discapacitados, homosexuales, etcétera etc.
     
    Bastante cruel.
     
    Pero se te perdona. Sólo por ser Chawier.

  6. Con razón tienen su merecido siete.
    Esa es la parte oscura del conductismo, hacer daaaaño! muuuucho daaaño!!
     
    Bien!
    Yo les doy un siete y cinco más
    =)

  7. Espero una nueva producción con ansias.
     
    Un abrazo.

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